reseñas

«Ética para tiempos oscuros» de Markus Gabriel (Pasado y Presente, 2021)

“Impera una gran agitación” son las primeras palabras del último libro de Markus Gabriel, traducido este año por Gonzalo García para Pasado & Presente. El punto de partida del texto es la situación de crisis de valores y su agravamiento en los últimos tiempos, con consecuencias multiformes en distintos ámbitos y grandes amenazas al pensamiento liberal y los valores democráticos. A partir de esto, Gabriel propone su libro como un intento de poner orden en un caos que tiene tintes peligrosos.

En efecto, el gran proyecto de la modernidad es la construcción de un orden, en la realidad y el mundo, a partir de su representación frente a nosotros, como sujeto de conocimiento. Si a esto añadimos que si algo caracteriza el pensamiento ilustrado, es ordenar y explicar el legado que recibe bajo una nueva luz, más que lanzarse a la originalidad, lo que tenemos en esta obra es una gran reivindicación de la Ilustración occidental como herramienta vigente. Así lo explicita el propio autor, proponiendo una “nueva Ilustración”.

En este sentido, Gabriel apela a rescatar la fuerza de la razón como fundamento moral de la vida en común, porque la razón siempre vive en lucha con la irracionalidad. De nuevo, como sucede en otras obras suyas, el enemigo es el relativismo posmoderno, que niega la existencia de hechos objetivos. Contra el relativismo, que es la gran amenaza de la nueva ilustración, que desemboca en el irracionalismo y diluye el gran legado de la ciencia y el conocimiento, erige un nuevo realismo moral.

La premisa filosófica son los hechos morales, exigencias éticas compartidas que parten de una certeza y definen los criterios de comportamiento. Gabriel sostiene que existen hechos morales evidentes e independientes de las opiniones, pero no de nuestro conocimiento: podemos pensarlos y nos ofrecen una brújula ética. Por eso, los hechos morales ocupan en este ensayo un lugar parecido al lugar que ocupaban los campos de sentido en su libro Por qué el mundo no existe.

Frente a la ideología y la manipulación, principales armas de los tiempos oscuros contra los hechos morales, el libro propone una ética basada en el realismo, el humanismo y el universalismo. Una ética que recupere el espíritu kantiano que definía la Ilustración como la salida de la minoría de edad para la humanidad. En la actualidad, y más aún frente a la crisis del coronavirus como espejo de nuestro verdadero rostro ético, nos tratan como a seres no dotados de razón, incapaces de llegar a la ética a través del uso autónomo de nuestras facultades .

Atraviesa el texto una confianza en la posibilidad del progreso moral si trabajan conjuntamente ciencia, economía, política y sociedad civil (literalmente moralischer fortschritt es la expresión que utiliza Gabriel en el título original, y que desaparece en la traducción). Y por eso también, propone que esa “nueva Ilustración” parta de la colaboración y no de la competencia por los recursos: autogestión y autonomía de los individuos gracias a la razón ética, que arranca de la observación de la realidad y no de la imposición de una fórmula. Eso sí, deberíamos subrayar que es una noción de progreso específica, que lo entiende como un proceso de descubrimiento de hechos morales que estaban parcialmente ocultos (como la abolición de la esclavitud).

Lo más interesante, desde el punto de vista de la aportación filosófica, es que Gabriel tiene que vérselas con algunos de los principales críticos de la modernidad ilustrada (enemigos incluso, los llamó Jürgen Habermas), como sucede con la crítica de los valores en Nietzsche, que enfrenta con mucha perspicacia en el primer capítulo, y con sus acólitos actuales, como es el caso del profesor Andreas Urs Sommer, ya en el cuarto capítulo.

Cabría preguntar a Gabriel, si no existían ya enemigos de esas luces que reclama, dentro del propio proyecto ilustrado (aunque procura responder parcialmente a eso en el segundo capítulo), o si en las fuerzas que nos han conducido al Estado democrático de derecho (como ideal, no siempre como realidad), no hay elementos ajenos a los valores que asocia a la Modernidad (aunque también procure incluirlos en ciertos pasajes del tercer capítulo: “No deberíamos olvidar que el Estado social y democrático de derecho ha surgido a partir de las revoluciones y guerras políticas -en parte, muy sangrientas- de los últimos doscientos años”).

En cualquier caso, estamos ante un libro que confronta muchas de las nociones que acepta el sentido común actual, que sustituye la “verdad” por el “pensamiento grupal” y lo hace, como en otros ensayos del autor, con la larga tradición del pensamiento occidental sobres sus espaldas.

Diego Civilotti – 6/05/2021

“Ensayos de la historia de la filosofía” de George Santayana (Tecnos, 2020)

A tenor de la magnitud y la originalidad de su pensamiento, George Santayana (1863-1952) debería ser un nombre muy conocido en nuestro país más allá de lo que se conoce en el ámbito filosófico. Ya no digo en nuestras facultades de filosofía, donde apenas aparece su nombre. Nacido en Madrid, pero criado en Estados Unidos aunque nunca olvidó sus raíces hispánicas, estudió en Harvard (con gente como William James, gran representante del pragmatismo y padre de la psicología en Estados Unidos), Cambridge y Berlín. También dio clases en Harvard y escribió en inglés. Un autor muy ligado al ámbito anglosajón, que no se ligó especialmente a ninguna corriente, y siempre se opuso a los intentos de reducir la complejidad de la realidad a un sistema.

Suele suceder que los autores difíciles de etiquetar son algo apartados a los márgenes, porque ponen en cuestión nuestros relatos, nuestros marcos historiográficos, nuestras etiquetas, que construimos y utilizamos para comprender el pasado y ensayar posibilidades hacia el futuro. Pero esos autores, por eso mismo, por estar entre mundos y entre disciplinas y ser tan difíciles de clasificar, más tarde generan mucho interés. Ese es el caso de Santayana.

Tecnos es una de las principales editoriales en la recuperación de la obra filosófica de Santayana. Ha publicado de él El sentido de la belleza, La vida de la razón, Tres poetas filósofos: Lucrecio, Dante, Goethe y Diálogos en el limbo. Y en este 2020 saca a la luz la traducción de Daniel Moreno Moreno de un conjunto de ensayos sobre filósofos de distintas épocas, que no se habían traducido, siguiendo con el propio proyecto que tenía Santayana de elaborar una historia crítica de la filosofía. En esa crítica, como recuerda Daniel Moreno en la introducción, destaca la confusión que señala en muchos autores, entre la estructura sustancial de las cosas y nuestra interpretación de ellas, mediatizada por nuestras estructuras lingüísticas: “La ciencia y la filosofía lanzan una red de palabras al mar del ser, contentas si al final sacan algo más que la misma red, llena de agujeros”.

El primero de ellos, sobre Platón, publicado en 1902 y titulado “Buscando al Platón verdadero” es un complemento excelente al episodio 6 del podcast, donde nos preguntábamos si había una filosofía de Platón y hacíamos referencia a las doctrinas no escritas. A partir de ahí, Santayana ofrece lecturas críticas de distintos autores y corrientes de pensamiento, utilizando imágenes, ejemplos y recursos que hacen el discurso muy didáctico a pesar de que sean ensayos académicos que no esquivan dificultades. Y con eso también se revela mucho de sus ideas; por ejemplo, un materialismo no marxista, que para él era metafísico, porque Santayana no creía que la dialéctica, como concepto humano, fuera un reflejo de la realidad histórica.

El decimotercer ensayo, titulado “La filosofía que viene” y publicado en 1914, nos presenta una filosofía de la conciencia muy interesante y muy avanzada, anticipando muchas de las cosas que se dirán a lo largo del XX y principios del XXI sobre la mente y la realidad. Y el decimoquinto, “Tres pruebas del realismo” es una exposición muy clara y sintética de su postura, que quiere completar o plantear una alternativa al neorrealismo, una tendencia imperante en ese momento en los Estados Unidos.

Una edición que además de contribuir a la recuperación de la obra filosófica de Santayana para el mundo de habla hispana, aporta una historia alternativa de la filosofía -interesante para leer junto a su obra La vida de la razón (1905),- donde suceden cosas tan poco habituales en una historia al uso como arrojar a Kant a los márgenes, hablar del hinduismo como fundamento de aspectos que después van a impactar en el pensamiento occidental, o criticar la filosofía británica desde dentro y en su propio idioma.

Diego Civilotti – 29/04/2021

“Democracia sin demos” de Catherine Colliot-Thélène (Herder, 2020)

Publicado originalmente en francés en 2011, y traducido recientemente por Victor Goldstein para Herder, lo que propone Democracia sin demos es una profunda revisión del concepto de democracia que manejamos en las sociedades liberales modernas. Gran experta en la obra de Max Weber, Catherine Colliot-Thélène lleva a cabo una revisión de nociones que aparecen en la obra del sociólogo alemán, con especial atención a la construcción histórica de los derechos subjetivos.

Por una parte, han desaparecido las identidades colectivas, las entidades supraindividuales que canalizaban la participación en la defensa de los derechos subjetivos; la capacidad de aglutinación que tenía la nación o la clase social, para multiplicarse y diversificarse hoy en una inmensa cantidad de minorías políticas.

Por otra parte, el papel de ese Estado moderno, cuyo origen describimos desde hace semanas en este podcast, ha sufrido grandes transformaciones, y en ello es importante lo que Colliot-Thélène subraya respecto al “pluralismo jurídico contemporáneo”. Ya no hay una comunidad fuerte que apele a ese demos, en la base de la idea de democracia, y por el otro lado se han multiplicado las instancias de poder. A esto debemos añadir que el principio básico de autolegislación (es decir, estar sometido a una ley en cuya elaboración hemos tenido voz) se ha vaciado totalmente de significado y se ha convertido en un mito (cacareado sin descanso por la clase política) que oculta la propia naturaleza del poder, porque cada vez más, nos sometemos a normas elaboradas por instancias de pretendidos expertos fuera de nuestro control, como electores, que nunca rinden cuentas ante nosotros, pero cuyas decisiones nos afectan. Esto, en el mejor de los casos, puesto que los gobiernos nacionales también participan de esa asimetría entre una masa sujeta a reglas (que no puede modificar), y aquellos que las elaboran.

El punto de partida de Colliot-Thélène, es pues, la alerta frente al olvido, por parte de los filósofos desde finales del siglo XX, que la política es poder y dominación. Pero por encima de todo, la premisa es la indeterminación de un demos en un contexto (que Colliot-Thélène sitúa a partir de finales del XX) en el que se han multiplicado las formas y los lugares de poder, donde tenemos que deconstruir el mito de la autolegislación. La adhesión a partidos o el voto, es tan sólo una forma en declive de politización, cuando el Estado es sólo un interlocutor más y no el núcleo de la democracia. Según la autora, sólo a partir de un análisis así, vamos a poder entender y construir las nuevas formas de ciudadanía, que ya no son las de Rousseau.

En el primer capítulo, Colliot-Thélène elabora una descripción muy detallada de cómo aparece históricamente el sujeto de derechos en la modernidad, dialogando con Weber y con Kant. El segundo se dedica a un análisis crítico de Rousseau y su noción ambigua de “pueblo”, mientras que en el tercero responde a la pregunta de cómo y por qué se denominan democracias a los regímenes constitucionales de la modernidad, que no lo eran para los autores de finales del XVIII, con una referencia a Hannah Arendt, clarividente para nuestra época. Ya en el cuarto se afronta la cuestión que anuncia el título, sobre una democracia que funciona sin un ideal de una comunidad democrática, a partir del cual, la autora replantea muchos conceptos de la tradición, sobre cómo el sujeto se ha convertido en ciudadano, pero también proyecta visiones de futuro de qué es el ciudadano con derechos en nuestro tiempo y cuáles son los grandes desafíos y debilidades de los países que se consideran democracias plenas. Un ensayo con mucha enjundia conceptual, para leer y pensar con cautela, pero al mismo tiempo, para hacerlo de forma urgente.

Diego Civilotti – 22/04/2021

“Que nada se sabe” de Francisco Sánchez (Tecnos, 2020)

Hemos hablado ya en FdB de Descartes, de Hume, y ha aparecido Montaigne y el escepticismo. El escepticismo, además del uso cotidiano que le damos es, más que una corriente en sí misma, una tendencia que atraviesa la historia del pensamiento occidental desde la antigüedad y se manifiesta de distintas maneras y en distintas escuelas. En general, y resumiendo, suspende el juicio sobre la realidad, es prudente sobre las afirmaciones que da sobre el mundo. El propio Sócrates, como explicaba en los primeros episodios, no era un escéptico ni mucho menos, pero tenía una actitud escéptica cuando iba mostrando a los que creen saber y dicen que saben, que en el fondo no saben de qué va esto. Porque la skepsis, la skeptesthai, quería decir simplemente investigar, examinar con atención, antes de emitir un juicio o una opinión. Yo creo que vivimos en los tiempos menos escépticos que se pueden imaginar, o al menos en los tiempos que menos escepticismo manifiesta: todo el mundo está muy seguro de todo, y tiene la necesidad de emitir un juicio cerrado, definitivo, antes de reflexionar, contrastar o examinar nada. 

Todo esto para decir que damos un paso atrás respecto a Hume, que mencionaba antes, acercándonos más a los tiempos de Montaigne que a los de Descartes, para conocer un predecesor renacentista en esa tradición escéptica.  

Hablo del médico y filósofo Francisco Sánchez (1551-1623) de nacionalidad disputada entre españoles y portugueses, al que Menéndez Pelayo clasificó, ni más ni menos, que entre uno de los precursores españoles de Kant (por poner el límite de la ciencia en la trascendencia) y en esa cruzada personal nacionalista, decía que la filosofía de Descartes se había formado con despojos de la filosofía española, entre ella especialmente la de Sánchez. En cualquier caso, formado en Francia, en Burdeos y Montpellier, y hasta sus últimos días residente en Toulouse. 

Lo hago a raíz de la reciente publicación en la editorial Tecnos de Que nada se sabe (Quod nihil scitur), traducida del latín a partir de la primera edición de 1581 en Lyon. El escepticismo de Sánchez tenía mucho que ver con la búsqueda de un método riguroso para conocer la realidad, y la imposibilidad de buscar los principios últimos, llegar a la última causa, que sería Dios. Y por eso también, como sucedía en otros autores de la época y posteriores, se lleva a cabo una crítica del aristotelismo y el platonismo, especialmente de la teoría del conocimiento de Aristóteles y Platón. Es decir, que pese al título, ojo, que es un clickbait de la época, porque lo que pretende Sánchez no es destruir todo o caer en un cómodo relativismo como el actual, no que no hay manera de conocer nada, sino hablar de la fundamentación del conocimiento científico (de la naturaleza y de nosotros mismos) a partir de la experiencia, que es la herramienta más fiable como seres limitados que somos, pero que necesitamos fundamentar. Es decir no de que no sabemos, sino de que es necesario saber bien.   

La introducción de la traductora y autora de esta edición crítica, Mª Asunción Sánchez Manzano, filóloga, profesora de la Universidad de León, puede resultar algo abrumadora y académica, pero es excelente y tiene un gran valor para situar adecuadamente a Francisco Sánchez en el contexto intelectual de su época, y nos permite entenderlo como gran humanista que fue, con un pie en la antigüedad clásica y otro en la modernidad.     

En resumen, un texto clásico que merece estar en esta colección de “los esenciales de la filosofía” de la editorial Tecnos, y como suele suceder en otros libros de esta colección, sin cargarlo de notas pero con anotaciones al texto muy útiles.  

Diego Civilotti – 15/04/2021

“Contra la naturaleza” de Lorraine Daston (Herder, 2020)

Formada en Harvard, Lorraine Daston es directora emérita del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia, y se trata de una autora con una larguísima trayectoria en materia de filosofía de la ciencia, con aportaciones interesantes en cuestiones en torno a lo que llamamos Teoría del Conocimiento. 

Una de sus especialidades es la Ilustración y la modernidad, y en este brevísimo ensayo se refleja, aunque no deja de tender puentes sólidos y documentados con la antigüedad griega. Lo que aquí propone Daston es una antropología filosófica; es decir, una investigación sobre la propia condición humana, que apunte a comprender los procesos racionales por los cuales, los seres humanos buscamos valores en la naturaleza y los proyectamos sobre ella. Es decir, por qué todos aquellos filósofos, especialmente durante la modernidad, que han sostenido que en la naturaleza no hay valores (que la naturaleza simplemente es) como el caso de Hume o Kant, han fracasado. 

Y lo han hecho, hasta el punto de que seguimos buscando en la naturaleza un orden armónico o una autoridad para sostener determinados valores, normas morales o puntos de vista. Daston es muy precisa y rigurosa en el uso del lenguaje y en el orden de su exposición, y necesita pocas páginas para desarrollar un análisis basado en una gran clasificación en las tres formas más influyentes de naturaleza (que generan al mismo tiempo formas de anti-naturaleza): las naturalezas específicas (la forma y las propiedades de las cosas), muy vinculada al griego phisis, a la reproducción y el crecimiento; las naturalezas locales, asociadas a un lugar y a la fisonomía y rasgos de un paisaje (y su vínculo con el carácter de los pueblos); y las leyes naturales universales, un orden permanente e igual en todas partes. La ciencia de las específicas es la taxonomía, la de las locales, la ecología, y la de las universales, la mecánica celeste, cuyo prototipo es la ley de la gravitación universal expuesta a finales del XVII por Newton. Aquí es muy interesante cómo Daston explica, en pocas palabras y con gran claridad, cómo el concepto de ley natural cristaliza en ese momento, producto de una mezcla de teología (con la figura de un legislador divino que pone en marcha una maquinaria en la que después no tiene que intervenir), filosofía natural y matemática. En ello fue fundamental, por supuesto, la aportación de Descartes.

Esto es, a grandes rasgos, lo que se describe en los cuatro primeros capítulos. En el quinto, una vez definidas las tres grandes formas de la naturaleza, se describen las respuestas humanas frente a lo que no entra dentro del orden natural: pasiones con un tinte cognitivo, que llevan a Daston a mostrar un estrecho vínculo entre el quebrantamiento del orden natural y el del orden moral. Órdenes que necesitamos para vivir. Porque como describe en el sexto capítulo, lo más terrible para el ser humano es el caos. Aquello que escapa a cualquier orden. Aunque haya una gran diversidad de normas, dependiendo de la diversidad cultural, toda cultura tiene normas por definición; es todo aquello que nos dice cómo deberían ser las cosas, la idea frente a los meros hechos de la realidad. ¿Por qué no nos conformamos con la normatividad y el orden humano, y tenemos que buscar su fundamento en un orden de la naturaleza?, se pregunta Daston. Si la naturaleza es producto de la creación divina, ya tenemos la respuesta. Pero si no, ¿por qué? La respuesta la da Daston en el séptimo capítulo, y en el octavo ofrece sus conclusiones: nuestra propia estructura que hace posible el conocimiento intuitivo del mundo es la que nos lleva a formular analogías basadas en fenómenos de la naturaleza. Es decir, que nuestra razón, la única forma que conocemos, es razón humana dentro de los propios límites de la especie.

Diego Civilotti – 8/04/2021

“Una poética del exilio. Hannah Arendt y María Zambrano” de Olga Amarís Duarte (Herder, 2021)

Hannah Arendt y María Zambrano son dos grandes pensadoras del siglo pasado, con profundas diferencias, filosóficas, geográficas… pero con algo en común: ambas experimentaron el exilio en su vida, y procuraron darle sentido, pensándolo y pensando sus implicaciones.

A partir de ese planteamiento, Olga Amarís Duarte elabora un diálogo intelectual con tintes biográficos y literarios entre Arendt y Zambrano. Lo que hace Amarís Duarte en este texto publicado en Herder (que es producto de su tesis doctoral) es reseguir una mística del exilio, entendiendo esa mística, como la posibilidad y necesidad de salir de sí mismo en busca del Otro (que puede ser un semejante, o la alteridad más absoluta, el misterium tremendum et fascinans que describía Rudolf Otto en su clásico Lo santo). El exiliado sería aquél que viene de fuera y que pone en cuestión la mirada normalizada de estar y de pensar el mundo, y la vía privilegiada de acceso a la realidad.

Dos “exiliadas en tiempos de oscuridad” es como se presentan, ligadas a un contexto histórico. De eso se ocupa en especial el primer capítulo, titulado “Dos vidas en contrapunto”, donde además de las relaciones personales, sobrevuela el fenómeno del fascismo. Pero también trascendiendo dicho contexto, la dimensión mística del exilio y el propio exilio como premisa de la condición humana. En Arendt, en torno al judaísmo, los símbolos del desierto y la oscuridad, o la importancia de la lengua materna, todos temas tratados en el segundo capítulo. En el tercero, centrado en Zambrano, Amarís ofrece un comentario muy interesante sobre Claros del bosque, texto fundamental de la pensadora malagueña, y un seguimiento exhaustivo de los símbolos en su obra, así como el peso que tiene el pensamiento místico. Y cómo no, en Zambrano, la propia razón poética es una exiliada respecto a la filosofía vencedora, al logos que construye la tradición filosófica occidental. Una vía para integrar pensar y sentir, o incorporar aquello exiliado de la razón filosófica. Tras un cuarto episodio titulado “Creando un nuevo mundo en tiempos de oscuridad” en el que se reivindica la hospitalidad y se abre la puerta a la esperanza, llega un epílogo en el que Amarís imagina un diálogo entre Arendt y Zambrano, en la estación de tren de Portbou, donde Arendt le dice a Zambrano que “la fuerza del pensamiento no puede parar, y menos ahora”.

Se trata de una aportación académica, con una extensa bibliografía y no es un texto ligero ni ágil, pero sí es una de esas lecturas capaces de introducirnos en su mundo y envolvernos en él, en manos de una autora que ha sabido conjugar sensibilidad poética y literaria con finura conceptual y una importante labor de documentación.

Estoy convencido de que la manera más profunda de comprender la historia y el legado filosófico y cultural de occidente es a partir de una apropiación creativa de dicha historia, que nazca del rigor, pero que se permita asociaciones libres entre conceptos y autores. Precisamente eso es lo que practica este estudio comparativo, difícil de clasificar.

Por último, esta poética del exilio tiene también puesta la mirada en nuestra actualidad, y nos invita a pensar la propia condición de exiliados que viven muchos seres humanos, para pensar a partir de ahí una nueva realidad de forma creativa y urgente. La propia portada, un libro gigante que parece una tienda de campaña, bajo la cual un visitante intenta alumbrar, ya nos da pistas y nos da a entender que todos somos un poco exiliados.

Diego Civilotti – 1/04/2021

“El sentido del pensamiento” de Markus Gabriel (Pasado & Presente, 2019)

Pensarás quizás, que este podcast es un poco de Markus Gabriel, y quizás tengas algo de razón. Hemos hablado ya de unos cuantos libros de él, desde el final de la primera temporada, y lo seguimos haciendo. Ya dije entonces, que a mi juicio se trata de un faro en el panorama filosófico actual, y lo sigo manteniendo.

En este caso, Gabriel presenta El sentido del pensamiento como una culminación de la trilogía formada por Por qué el mundo no existe y Yo no soy mi cerebro, aunque no sea imprescindible haber leído los dos anteriores para seguir los argumentos de este; sí es deseable, para tener una mirada más profunda de ellos.

Gabriel asume una definición de la filosofía que la entiende como “una ciencia que reflexiona sobre el pensamiento”, y este en una dimensión sensorial y creativa. En este sentido, el pensamiento, como objeto de este libro, es el punto de encuentro de los objetos de los dos libros anteriores: el mundo y el yo.

Más allá de esta mapa conceptual que vincula los tres libros, hay un hilo conductor que se repite en todos, y que en este aparece ya en el prólogo: su combate contra el naturalismo imperante en la actualidad, que recordemos, es la pretensión de que toda la realidad puede ser comprendida y explicada con los instrumentos de la ciencia y a partir del dominio tecnológico. Y junto a ello, la idea de que el ser humano puede ser superado, tal y como lo defiende en la actualidad el poshumanismo y el transhumanismo, confiando esa superación al desarrollo tecnológico y a la revolución digital.

Una multiplicidad de crisis, o una crisis multifacética, es el punto de partida de esta obra que asume una tarea concreta en el momento actual, cuando diferentes capas que se implican entre sí, están en crisis: la ética, el sistema de valores, entra en crisis, cuando también entra en crisis el suelo sobre el que se apoya, que es la imagen y el concepto que tenemos del ser humano. Por eso, el filósofo alemán aboga por un nuevo humanismo ilustrado, contra una imagen falsa que tenemos hoy de nosotros mismos.

En la introducción, Gabriel anuncia dos leyes antropológicas a partir de las cuales elabora su obra: 1. el ser humano es el animal que rechaza su propia condición. 2. El ser humano es un ser espiritual libre. En ella también se despeja algo la ambigüedad simbólica del título: cuando Gabriel habla de sentido del pensamiento, habla en primer lugar del pensamiento como un sexto sentido junto al oído, la vista o el olfato. De hecho, es el sentido mediante el cual exploramos el infinito, para poder representarlo incluso matemáticamente. Esta premisa, entre otras cosas, le permite desarrollar su argumento contra la posibilidad de reproducir sintéticamente, de forma artificial, el pensamiento humano, porque de hecho es ya en sí mismo una inteligencia artificial.

En el cuerpo central del texto se desarrollan todas estas cuestiones, y se ofrece salidas a los callejones metafísicos y epistemológicos a los que la modernidad y la posmodernidad nos han llevado. El ensayo funciona a modo de aluvión, donde se van acumulando ideas, que después se van relacionando entre ellas. El primer capítulo titulado “la verdad sobre el pensamiento” está dedicado a introducirnos en cuestiones de epistemología de forma muy sencilla; el segundo, a asuntos muy interesantes en torno a la mente y la Inteligencia Artificial, en el tercero se añaden implicaciones de la revolución digital, en el cuarto se establece diálogos muy interesantes entre disciplinas, como la filosofía del lenguaje, la teoría del conocimiento y la filosofía de la conciencia; el quinto y último es una brillante síntesis, que se erige con fuerza contra lo que Gabriel descubre en el poshumanismo: “el intento de eliminar al ser humano”. Unas conclusiones finales nos ponen frente a la crisis de identidad y crisis moral de Europa, y la necesidad de elaborar una filosofía europea que nunca se ha hecho.

Como en otros libros de Gabriel publicados en Pasado & Presente, entre la bibliografía y el índice onomástico, el texto se acompaña de un glosario final, muy generoso, de casi 20 páginas. Una herramienta para “no profesionales” de la filosofía, pero también para que podamos descubrir los matices de la postura de Gabriel en diferentes cuestiones tratadas en el libro.

Estamos quizás, ante el libro más redondo y rotundo de Gabriel, a falta de abordar su última novedad traducida a nuestra lengua, Ética para tiempos oscuros que prácticamente ya se anuncia en estas páginas (“el nuevo realismo tiene un mandato moral”). Es en efecto, la culminación de una etapa en su pensamiento, y el punto de partida para otra que nos aguarda, y que debemos seguir con mucha atención.

Diego Civilotti – 25/03/2021

“Ochenta sombras de Marx, Nietzsche y Freud. Diccionario de filósofos y filósofas en la senda de la sospecha” de Juan Manuel Aragüés (Plaza y Valdés, 2021)

Juan Manuel Aragüés, profesor de filosofía en la Universidad de Zaragoza y gran conocedor del pensamiento contemporáneo, es un autor interesante especialmente por su preocupación por comprender el mundo contemporáneo e intervenir en él. Eso se puede deducir no sólo del contenido de sus obras y de la trayectoria de sus ensayos (algunos más lejanos como De la vanguardia al cyborg, otros más cercanos como El dispositivo Karl Marx. Potencia política y lógica materialista y más aún en el caso de Deseo de multitud) sino también del propio estilo de escritura, directo y apasionado.

También es lo que sucede en esta novedad de Plaza y Valdés, donde con una admirable capacidad de síntesis, Aragüés nos ofrece un breve diccionario de ochenta pensadores que son herederos de lo que Paul Ricoeur denominó, al hablar de Freud y ponerlo en diálogo con Nietzsche y Marx, école du soupçon o “escuela de la sospecha”. La destrucción de una ingenuidad de la conciencia que había inaugurado la subjetividad moderna a partir de la aportación de René Descartes. La sospecha como aquello opuesto a la ingenuidad; el des-encantamiento del mundo en la crisis de la modernidad. No para rechazar el sujeto, sino precisamente para ir a sus raíces, de la misma manera que los surrealistas pretendían descubrir las profundidades de la realidad.

El propio Aragüés es un filósofo en la senda de la sospecha. Articulista habitual del diario El Salto en una columna titulada “El rumor de las multitudes”, hay un ostinato que recorre todas sus reflexiones: pensar las prácticas de construcción de subjetividad en las sociedades contemporáneas, no como simple ejercicio intelectual, sino para plantear construcciones de subjetividad antagónicas, reivindicando la dimensión práctica. Un planteamiento sólo posible a partir de esta tríada, y en especial de la obra de Karl Marx.

En este caso, se trata de un libro de consulta con afán divulgativo, que abarca todo el eco de Marx, Nietzsche y Freud desde finales del XIX hasta hoy. La tarea no es fácil, porque a diferencia de autores sobre los que existe una tradición hermenéutica asentada, entre estas “ochenta sombras” hay nombres en activo sobre los que el autor ofrece una presentación, una imagen en movimiento, como es el caso de Michel Onfray, Slavoj Žižek o Judith Butler.

Destaca el artículo dedicado a Cornelius Castoriadis, donde se subraya tanto su perspicaz crítica al capitalismo como su brillante lectura de la antigüedad griega, así como todas aquellas obras que nos ponen al día en el pensamiento feminista, como las de Rosi Braidotti, o la mencionada antes, Butler. Al final de cada autor se hace algo imprescindible en toda formación filosófica: poner en relación cada autor con otros autores.

Un libro particular en la producción de Aragüés, con una cierta asepsia que parece intencionada, no porque evite el juicio crítico (que lo practica, señalando falta de rigor o contradicciones cuando las detecta en los autores; y al fin y al cabo, toda selección implica juicio y discriminación) sino en el sentido de que no se corona este listado con ningunas conclusiones o reflexiones finales, en contraposición con el enfoque y la praxis habitual del autor. Las conclusiones o la praxis que derivemos de este paisaje quedan en nuestras manos. Una invitación que celebramos y aplaudimos.

Diego Civilotti – 18/03/2021

“La revolución inacabada de Einstein. Más allá de la física cuántica” de Lee Smolin (Pasado & Presente, 2020)

Una de los retos más difíciles y necesarios en la actualidad es el de fomentar una divulgación de calidad, que no apueste por rebajar o degradar los contenidos, sino por enseñar puentes que permitan cruzar, al que esté dispuesto a poner algo de esfuerzo, al otro lado. Ese es el gran mérito de Lee Smolin en su trabajo, y también en este libro de título provocador.

Lo he explicado en algún episodio, pero lo repetiré las veces que sea necesario. El conocimiento es indivisible por naturaleza y la filosofía está más allá o más acá de la división entre áreas de conocimiento. Especialmente en el caso de la física: ningún filósofo que se considere tal, puede hoy ignorar las implicaciones filosóficas de la física cuántica, teniendo en cuenta el profundo impacto que han producido en el pensamiento y la teoría del conocimiento del siglo XX.

Nunca estaremos suficientemente agradecidos a autores como Lee Smolin, físico formado en Harvard y que ha sido profesor en distintas universidades de prestigio, como la de Yale o la de Pensilvania, por lanzarse a pensar y explicar las implicaciones filosóficos de su trabajo, y además hacerlo de manera sencilla y atractiva, salvando el gran aparato de matemática avanzada que sostiene sus investigaciones, y utilizando palabras e imágenes para expresar fenómenos del mundo cuántico.

“Creo que puedo decir con toda tranquilidad que nadie entiende la mecánica cuántica”. Esta afirmación de Richard Feynman es una de las dos citas, que uno se encuentra al abrir este libro, tan perturbadora como al mismo tiempo reconfortante. Tras ello, el prefacio comienza con una afirmación casi schopenhaueriana: donde el filósofo alemán decía, “mi mundo es mi representación”, Smolin escribe que confundimos “nuestras representaciones del mundo con el mundo en sí mismo”. Un texto brillante y una profunda lección de teoría del conocimiento, donde el autor avanza a través de preguntas: ¿qué es la materia, qué es un átomo, qué es un electrón…? El problema, nos dice Smolin, es que la respuesta más desarrollada a esas preguntas es la física cuántica, que genera muchas más preguntas sin respuesta.

Lo más apasionante, y que este libro describe con brillantez, es que la mecánica cuántica es una teoría incompleta que debe ser superada. El objetivo es dar con una descripción del mundo con sentido a escala atómica, y para ello Smolin quiere deshacer esa imagen de misterio que rodea el mundo cuántico, partiendo de la misma postura metafísica que Einstein (porque como él considera que la mecánica cuántica debe ser superada), pero ampliando su aportación.

El libro se divide en tres grandes bloques: “Una ortodoxia de lo irreal”, “El renacimiento del realismo” y “Más allá de lo cuántico”. Los tres primeros capítulos de la primera parte, nos aportan las armas necesarias para poder comprender después, de forma resumida, las distintas propuestas dentro de la teoría cuántica. A partir de ahí, el recorrido es muy completo, hasta llegar a la tercera parte, donde se exponen los principales intentos de unificar la teoría cuántica con la gravedad y el espacio-tiempo.

No entraré en detalles porque eso implicaría entrar en terminología, y haría parecer el libro menos claro de lo que es: para ser claro en algo, hay que saber mucho de ello, como sabe Smolin. Esta edición además, viene acompañada de un glosario de conceptos muy útil para consultar, por si en algún momento de la lectura nos encontramos con cosas como el Colapso de la función de onda o la Constante de Planck. Y también con una bibliografía muy completa, para seguir investigando y aprendiendo sobre la historia de la física cuántica.

Por último, Smolin, que es un gran científico de nuestra época, ofrece una imagen científica de la ciencia, y no cientifista, como la que tenemos que soportar cada día en los medios de comunicación, en consonancia con el espíritu estrecho de nuestra época: “siempre es de ayuda un cierto sentido de humildad ante los misterios esenciales del mundo, pues aquellos aspectos que conocemos se vuelven aún más misteriosos cuando los examinamos en detalle”. Gracias, profesor Smolin.

Diego Civilotti – 11/03/2021

“Peregrinos del absoluto. La experiencia mística” de Rafael Narbona (Taugenit, 2020)

Este es el título del libro que nos ponemos en el bolsillo este episodio. Uno de esos títulos que se salen algo de la tendencia general que sigue esta sección, y que especialmente por eso me parecen tan interesantes. Editado en Taugenit, su autor es Rafael Narbona, profesor de filosofía además de crítico de arte, literatura, cine… un autor muy inquieto y totalmente transversal en su trayectoria y en su mirada.

Quizás me equivoque, pero precisamente esa vinculación con la literatura y el arte se me ocurre como uno de los motores de su interés por la vivencia mística. En cualquier caso, a veces sorprende que la filosofía tenga algo o mucho que ver con la mística. Y más allá de que a la filosofía le atañe todo, la experiencia mística es un asunto filosófico de primer orden por sí mismo, además de las implicaciones filosóficas que podamos deducir de la literatura mística. De hecho la mística es un gran desafío para el logos, puesto que tiene que ver con una vivencia frente a la cual la razón se revela totalmente impotente. Diríamos que incluso pequeña, mezquina, inocua. Y además, se trata de una vivencia para la cual no hay lenguaje posible. Sin embargo, se comunica, aunque sus palabras se vayan hacia lo que no dicen, como sostenía Michel de Certeau en La fábula mística, un clásico de la materia.

Narbona nos revela (velando y desvelando a la vez) mucho de eso en una introducción breve y concentrada pero espléndida, titulada “la llama mística” que comienza con una premisa contundente expresada con acento heideggeriano: “La llama mística sigue viva en la época del eclipse de Dios”. Al fin y al cabo, siguiendo lo que nos recuerda el autor, lo místico también tiene que ver con el fundamento de todo lo que hay, que en última instancia no podemos ver, nombrar o comprender con las herramientas habituales.

Pero el título en plural nos habla -acertadamente- de peregrinos, alguien que está de paso y que transita por tierras extrañas, donde el propio camino es más trascendental que la llegada. Narbona apuesta por ampliar una concepción estrecha de la mística, que va más allá de un aspecto dentro de una tradición religiosa, para entenderla como una experiencia del absoluto (sea esto lo que sea) para la cual no tenemos conceptos (de ahí este interés por el arte, la poesía y la música al que hacía referencia). Y eso le permite reunir a figuras como Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Thomas Merton, con Emile Cioran, Rilke y Bataille.

El planteamiento de Narbona es muy agudo, y resulta cercano a lo que Roland Barthes hizo con Fourier, Loyola y Sade, cuando los reunió en un ensayo porque los tres -pese a ser un socialista utópico, el fundador de la Compañía de Jesús y el escritor maldito que exploraba los límites de la perversión- fueron 3 “logotetas”, es decir, fundadores de lenguaje, que hacían las mismas operaciones: aislarse, articular, ordenar y teatralizar. De hecho, Narbona barajó a Sade y lo descartó.

Eso también está en los 12 testimonios que el autor reúne y más que analizar, los presenta e invita a leer. Capítulos breves que nos dejan con la miel en los labios. Porque estamos sobre todo frente a un libro que contagia entusiasmo por descubrir más de las figuras que desfilan ante nuestros ojos: seguir a Teresa de Jesús desde sus inicios como carmelita hasta convertirse en un ejemplo de “socratismo cristiano”; acompañar a Juan de la Cruz por la noche oscura y en ese silencio tan expresivo de Dios; la apuesta por la eternidad y el riesgo de Pascal; y así pasar por Unamuno como un místico que cumple los requisitos del místico (libertad, inconformismo, fervor, sinceridad), por la mística de Simone Weil como “un signo de esperanza entre los escombros de un mundo desencantado” y no esquivar la turbulencia provocadora de un Cioran que se hunde en la Nada (y al que Narbona prácticamente despedaza…).

Escrito con un estilo fluido y claro, este surtido de peregrinos del absoluto es también un canto de esperanza, escrito en cierto modo a contracorriente de una época, la nuestra, dominada por el cientifismo y el naturalismo. No un fuga mundi en tiempos difíciles sino precisamente lo contrario: un viaje al centro del mundo, a sus raíces, e incluso a sus semillas, que necesitan oscuridad para dar fruto. Y en esa medida también, una puerta para imaginar un futuro posible, para “habitar la realidad de otra manera”. Pero mientras, disfrutar del camino y contemplar la belleza, algo que Narbona no olvida en su uso de la palabra.

Diego Civilotti – 4/03/2021